
Encuentro insólito: Jaime Sabines y Laura Serrano
ALEJANDRO TOLEDO/I
Cuenta la boxeadora:
-Yo, don Jaime, descubrí sus poemas hace apenas tres años. Mi papá era
encargado en una pulquería y llegaba gente que le decía: "Déme tantos litros y
le dejo este cinturón". Y así le iban dejando cosas. En uno de esos
intercambios se quedó con un tomo de poemas en pasta dura, rojo (aún lo
conservo), en el que venía el poema "Los amorosos"... Era una antología de
poesía mexicana preparada por Carlos Monsiváis, que encontré en mi casa.
Tanto me conmovieron esos versos que luego me acostumbré a doblar la
esquina de las hojas en los libros en que encontraba el poema. Esto fue hace
algunos años. Luego busqué la obra reunida, el "Nuevo recuento de poemas",
que me gusta muchísimo.
Escucha el poeta y confiesa a su vez:
-Pues más o menos fue cuando te conocí yo a ti, Laura. Entonces ya te hacían
entrevistas en la televisión y en los periódicos. Fue cuando ibas a pelear por el
campeonato. Sí, lo recuerdo muy bien.
Así, poeta y boxeadora, Jaime Sabines y Laura Serrano, celebran un primer
encuentro. Fuera del cuadrilátero y los libros, round por round, verso a verso,
la charla ocurre.
Recuerda la boxeadora que el jueves 25 de septiembre de 1997 llegó a la
sala Nezahualcóyotl, de la Universidad Nacional, pues quería escuchar al
poeta Jaime Sabines. Encontró las puertas de cristal cerradas, y cientos de
muchachos afuera sin esperanza de poder entrar. Se quedó entonces pegada
al cristal, resignada a seguir los versos del autor de "Horal", "Tarumba" y
"Diario semanario" desde las bocinas que habían instalado en las afueras de la
sala. Mas la puerta se abrió de pronto y alguien dijo:
-Siete personas más.
Y logró pasar.
El poeta también tiene imágenes de esa jornada.
-Me conmovió ver un video de lo que ocurrió afuera de la sala
Nezahualcóyotl porque era una multitud de estudiantes, como si fueran a un
partido de futbol.
Se le acercó Gonzalo Celorio, coordinador de Difusión Cultural de la
UNAM, y le pidió:
-Don Jaime, por favor: dígale usted algunas palabras a los muchachos que
están afuera, tenemos miedo de que vayan a romper las puertas.
Entonces dijo:
-Les agradezco mucho a todos su presencia, y especialmente a los que están
afuera, a los que no alcanzaron a entrar.
Completa Laura Serrano:
-Sí, dijo que aunque no lo vieran, aunque sólo lo escucharan, en realidad no
valía la pena verlo.
-Y eso tranquilizó a todos.
-Y después pidió que prendieran las luces:
-Una vez en Guadalajara me ocurrió que las luces estaban apagadas -relata
Sabines-. Leía yo un poema y la sala se quedaba en silencio; leía otro y lo
mismo... Así leí como cinco poemas, hasta que no aguanté. "Voy a hacer un
breve paréntesis. En primer lugar pido que me enciendan la luz, pues quiero
hablar con gente no con sombras. En segundo lugar creo que ustedes no
están escuchando una ópera sino poemas, y quiero que la comunicación se
establezca entre ustedes y yo. Si a ustedes no les gusta el poema tírenme un
tomatazo, pero si les gusta apláudanme." Se rompió el hielo, pero estuve
como media hora molesto porque no me gustaba ese silencio. El poema debe
provocar una reacción, lo debemos sentir inmediatamente."
De la lectura de poemas se pasa a la historia en los cuadriláteros. Sabines, el
poeta, se interesa, comenta, exclama, interroga...
Dice Laura Serrano:
-Mi presentación a los medios fue cuando iba a pelear contra Christy Martin
en Las Vegas. En esa función participaron Julio César Chávez y Ricardo
Finito López. La gente decía que iba a ser una pelea muy dura para mí,
prácticamente iba como carne de cañón: no tenía peleas profesionales y ella
llevaba treinta con tres nocauts y tres campeonatos mundiales.
-Hijo...
-Era el diablo arriba del ring. Yo tenía confianza en mi preparación, en mi
trabajo...
-¿En tu pegue?
-Fíjese que yo no tengo mucho pegue, tengo más técnica... Y esa niña pega
como hombre, durísimo.
-¿Y sí te alcanzó a dar?
-Hubo un golpe que me conectó en la mandíbula...
-Te pescó...
-...que hasta las piernas se me doblaron. Fue rápido: la abracé, llegó el réferi
y nos separó, y para ese instante ya me había recuperado. Pega durísimo.
-¿Y le ganaste la pelea?
-Se la gané, maestro, pero dieron empate. ¡¿Cómo la estrella iba a perder
con la debutante y, para colmo, mexicana?! En los periódicos me presentaban
como "La mexicanita"...
-Un racismo cabrón...
-Aún así le gané, aunque dieron empate. Fue bueno porque a partir de eso
me clasificaron para poder pelear por un título mundial. No tuve que pelear
con todas las demás porque me enfrenté a la mejor.
-Después de eso peleaste por el campeonato, ¿verdad?
-Sí, en 1995, también en Las Vegas.
-Y ahí sí ganaste.
-Ajá. Fue contra una irlandesa muy alta, delgada, muy fuerte, y de mucha
experiencia: ella tenía catorce combates, y el mío era el segundo. Estuvo muy
difícil esa pelea.
El poeta entrevista a la peleadora.
-Cuéntame, ¿qué te dio por el boxeo?
-Fíjese que no me gustaba...
-Tú ibas a la escuela primaria..
-Sí...
-Y ahí no tenías ni idea de lo que era el boxeo.
-Yo desde los siete años iba a nadar, me encantaba. Lo seguí haciendo
durante la secundaria, la preparatoria y los primeros semestres de la carrera
de Derecho. Pero me ocurrió en la natación que competía y no ganaba, y mi
deseo era estar ganando. Dejé la natación por el futbol soccer, y lo practiqué
tres años. Era muy dura, más que el boxeo: me fracturaron la nariz dos veces,
siempre llegaba cojeando...
-Caídas, golpes, patadas...
-De todo.
Encuentro insólito: Jaime Sabines y Laura Serrano
Y el resto es literatura
©
EL UNIVERSAL
Con veneración en la mirada...
ALEJANDRO TOLEDO/II y última
Continúa la boxeadora el cuento de su descubrimiento con los guantes:
-Pasó esa época del futbol y un día me dijeron unos amigos: "Vamos a
conocer el gimnasio del estadio Olímpico". Acepté. Ibamos al gimnasio de
pesas, que está entrando a la derecha, pero me distraje con el de boxeo que
está a la izquierda. Yo me sorprendí al descubrir a una muchacha güerita,
delgada, bonita, que estaba entrenando. Seguí el entrenamiento de la
muchacha. Hablé con ella, y me explicó por qué le interesaba. "¿Y yo puedo
hacerlo?" "Claro, habla con Toño." "Pero sólo quiero entrenar, nada de
peleas." Y así comencé: no subía al ring, pero me entrenaba como si lo fuera a
hacer. Y ya ve lo que dicen: que no se ama lo que no se conoce. Y empecé a
conocer el boxeo -los nombres de los golpes, cómo pararse- y me gustó.
-Te vas a subir al ring -ordenó un día el entrenador a Laura Serrano.
-No, no me subo. Tengo la nariz fracturada.
-Te vas a subir y no te van a pegar.
Y la subieron con un muchacho para que intercambiara golpes. "Nos
protegimos durante el primer round. No recuerdo en el segundo round qué
golpe le di, y él me lo respondió. Me enojé entonces, pero no hice nada."
-Laura, aunque sea tira un golpe -gritó el entrenador.
Pensó la boxeadora: "Cómo que aunque sea un golpe, ¿cree que no puedo?"
Le dio el golpe y el muchacho se lo regresó. En el tercer round le dio durísimo
y ya no paró. El entrenador se reía. Los que estaban en el gimnasio se
acercaron al cuadrilátero y vieron cómo casi tiraba al compañero.
Se dijo Laura Serrano: "Esto me gusta".
El cuento de la boxeadora es escuchado con atención por Jaime Sabines, el
poeta.
-¿Y a usted le gusta el boxeo, maestro? -pregunta Laura Serrano.
-Sí, mucho. Desde chamaco me gustaba ir a ver las peleas -dice Sabines.
-¿Lo practicó?
-Nunca. Jugué basquetbol, y me gustaba la natación. Nadador sí fui de
chamaco, y muy bueno, pues yo vivía cerca de un río. Me iban a reprobar en
la escuela primaria porque en lugar de irme a las clases me iba derechito al río
Sabinal, que así se llama el río de Tuxtla. La natación era un vicio para mí.
-Tengo una amiga que es admirable como deportista, como todo -comenta
Laura Serrano-. Ella ha cruzado cinco veces el canal de la Mancha, y una lo
hizo de ida y vuelta...
-Híjole...
-Y el año pasado rompió el récord de las veinticuatro horas. Mi amiga se
llama Nora Toledano.
-Sí, recuerdo haberla visto en televisión, ¡chingona vieja!
-Admirable, maestro. Por cierto me dijo que lo saludara. Ella también lo ha
leído y lo admira.
-Si yo la conozco, la estimo, la vi por televisión esa vez que nadó veinticuatro
horas... A mí me encantaba la natación. Y crucé no el canal de la Mancha
pero sí el río Grijalba, que ya son palabras mayores. En la alberca del parque
Madero nadaba tres, cuatro, cinco mil metros, como sin nada. Lo que es la
vida: ahora nado cuarenta metros y ya estoy sacando el bofe.
-¿Qué boxeadores le gustan, maestro?
-Todos los grandes que ha tenido México. En esa época eran Casanova, Kid
Azteca... Y, claro, oíamos por radio las peleas de Henry Amstrong, las
defensas de Joe Louis... Esto cuando yo era chiquito. Siempre me gustó
mucho el boxeo... verlo, claro.
-¿Y le gusta verlo en vivo?
-Sí, de chamaco iba yo a la arena.
Sigue la boxeadora, a la que han llamado "La poeta del ring":
-No me gusta decir que escribo poesía, más bien pongo en el papel lo que
siento... Y le escribí algo, maestro.
Sabines pasea un cigarro de plástico mientras Laura Serrano descubre sus
cuartillas. El explica:
-Cumplí mis bodas de oro con el cigarro: empecé a fumar en 1945 y lo dejé
en 1995.
-Yo no aguanto el cigarro -dice Laura-. Me da náuseas oler el cigarro.
-Y yo no podía vivir sin el cigarro. Fue muy difícil dejarlo, fue un tormento.
Ahora conservo este de plástico, por el vicio de la mano.
Y lee la boxeadora:
"Sabines, sangre, ausencia,
palabra muda, rosa muerta,
destino lento, amargo.
Tu poema está a mi lado
y yo te lo agradezco..."
La lectura ocupa ocho o diez minutos. El poeta toma luego las cuartillas y
sigue el texto línea por línea.
-¿Y le gustó? -pregunta, nerviosa, la boxeadora/poeta.
Sabines responde con un interrogatorio:
-¿Normalmente cómo escribes?, ¿con consonancias, asonancias y todo eso?
-En realidad no sé.
-Entonces escribes de manera natural. Para ser poeta necesitas estudiar. En la
poesía hay dos cosas: el don natural, con el que se nace, y el oficio, que se
aprende. Es como aprender a hacer zapatos.
El poeta aconseja a la boxeadora cómo dar golpes contundentes con los
versos.
-Se ve que tienes oído, pero no has leído nada, no tienes cultura poética. ¿A
qué poetas has leído?
-A Pablo Neruda, Mario Benedetti, Amado Nervo, Rubén Darío, Elías
Nandino...
-Pero es muy escaso. Está bien Darío, pero hay cuarenta poetas
posmodernistas más que no conoces: Luis G. Urbina, Manuel José Othón,
Manuel Acuña... ¿Has leído a Huidobro? Tu cultura es escasa. Te dedicaste a
estudiar leyes pero... Para llegar a ser buen poeta se necesita una gran cultura
literaria, se necesita trabajo, oficio, disciplina. Así como aprendiste a boxear,
así hay que aprender a escribir.
Y el resto, en la conversación, es literatura.
A Jaime Sabines, maestro
Sabines, sangre, ausencia, palabra muda, rosa muerta, destino lento,
amargo: tu poema está a mi lado y yo te lo agradezco, porque sus labios
firmes me susurran mil versos, porque su boca suave me acaricia los senos,
porque sus brazos férreos me arrullan cuando sueño, porque sus piernas
largas me revelan misterios, porque incluso su piel me habla de tus recuentos
y también de otros poemas; donde habitan nostalgias, heridas recias, donde
vive tía Chofi, jorobadita eterna, donde el Mayor Sabines se desvanece y
tiembla, donde Doña Lucita emerge, se aposenta, donde el niño Julito con su
vasta inocencia derrumba soldaditos y adopta otra presencia -esa de amar la
vida y desdeñar la muerte, esa de amar las alas y levantar la frente.
Mi corazón emprende de mi cuerpo a tu verso un primer viaje adonde llevo
rosas, lunas extraordinarias y no llevo equipaje; adonde arrastro triste las
gotas de mi sangre, para beber al fuego este cáliz que arde; para nutrirme el
alma con soles y con aire, con árboles del campo, con nubes y con aves.
Me tienes en tus manos como soy de mi padre; me tienes en tu frente, en tus
rodillas, padre.
Me rindo a tus embrujos, al sabor de tu carne; al olor de tu magia para
invocar las tardes, para parir las noches y trastocar los mares.
Y es la sombra del agua la que roba a mis piernas todas sus humedades; la
que estruja mis muslos y respira en mi sexo los puntos cardinales.
No quiero decir nada, no quiero hablar de tu alma, ni tampoco decirte que
contigo se ama; que la tierra se abre justo cuando tú pasas; que las aves se
asoman también cuando te callas; que las piedras se mueven sólo porque les
hablas y que tus muertos viven porque siempre los llamas.
LAURA SERRANO GARCIA
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